Al principio de los tiempos la nada lo era todo.
No había arriba ni abajo, pues todo era nada. Una nada absoluta. Un vacío que lo abarcaba todo.
Y así La Luz, pensó que podría dar un poco de sí misma. La Oscuridad, pensó que eso estaba bien, y quiso danzar con esa hebra de Luz. El Agua, viendo ese baile, aportó unas gotas, que atravesadas por la luz y la oscuridad formaron colores. Inspirado, El Aire, entregó ráfagas, para ver el color en movimiento. La Sabiduría y La Fortuna quisieron observar, e invitaron a Los Sueños. Juntos vieron a Las Nubes y Lluvia unirse a Las Tormentas para jugar con El Sol.
Todo aquello estaba bien, y era hermoso.
Y, donde antes no había nada, ahora había color. Un color creador. Emocionados por lo que tenían entre las manos invitaron a Los Bosques y Montañas, Las Plantas y Flores, Los Ríos y Mares. Y todos quisieron ser parte de lo que estaba naciendo.
El Fuego llegó después, y arrasó a su paso, y siguiendo esa senda El Nacimiento dejó su marca.
El Cambio llegó, y fue colocando su toque por unos lados y por otros. Y donde había nacimiento también apareció La Guerra y Paz, El Amor y Venganza.
El Tiempo no quiso quedarse atrás y desplegó su influencia sobre todo lo que había. La Muerte, atraída por tanta creación, pensó que su presencia también sería necesaria. Y se quedo para ser parte de lo que estaban creando.
El último en aparecer fue El Destino, que hiló todo lo que habían creado los demás con la madeja que había dejado El Cambio.
Cuando los 21 terminaron este rincón luminoso, su Leuksna, pensaron que había merecido la pena. Decidieron llevar a sus dragones, sus guardianes, y quedarse en su nueva creación.
Al menos, durante un tiempo.
Al menos, mientras siguiese siendo hermoso.

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